Capítulo Cuatro

La Cruz

En un huerto llamado Getsemaní, bajo los olivos antiguos, un hombre se postró con el rostro contra la tierra. Sus discípulos dormían a pocos pasos. Él sudaba. Temblaba. Oraba.

"Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa."

Esta no era la oración de alguien actuando un papel predeterminado. Era el clamor de un ser humano enfrentando lo que ningún ser humano quiere enfrentar: el dolor, la humillación, la muerte. El hombre que había sanado enfermos y calmado tormentas ahora pedía ser liberado de lo que veía venir.

Oró una vez. Volvió a orar. Una tercera vez repitió las mismas palabras. Y cada vez, después de pedir liberación, añadió algo más:

"Pero no sea como yo quiero, sino como tú."

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Este es el momento central de toda la historia. No la crucifixión misma—eso vendría después. Sino este instante en el huerto, cuando la voluntad humana se rindió a algo mayor. Cuando el deseo natural de evitar el sufrimiento se inclinó ante un propósito que lo trascendía.

"Hágase tu voluntad."

En términos puramente mundanos, esta fue una decisión desastrosa. Aceptar la voluntad del Padre llevó directamente a la muerte de este hombre. Pudo haber huido. Pudo haber negociado. Pudo haber usado su considerable influencia para escapar. En cambio, eligió beber la copa hasta el fondo.

¿Por qué?

Pablo escribió algo extraordinario sobre este momento: "Aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

Se despojó. Se vació. El verbo griego es kenosis—un vaciamiento radical del yo. No aferrarse a nada, ni siquiera a la propia vida. Soltar todo lo que podría soltar para que algo mayor pudiera fluir a través de él.

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Este es el misterio de la cruz: el poder se manifiesta en la rendición. La vida se encuentra en la pérdida. La victoria llega a través de lo que parece derrota total.

Jesús lo había dicho claramente: "El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará." No era metáfora abstracta. Él lo vivió. Perdió su vida—literalmente, horriblemente, públicamente—y en esa pérdida, algo se abrió que no podía abrirse de otra manera.

"Nadie tiene mayor amor que este," había dicho, "que uno ponga su vida por sus amigos."

La cruz, entonces, no es solo un instrumento de tortura romana que se convirtió en símbolo religioso. Es la imagen perfecta de lo que significa amar completamente: darse sin reserva, vaciarse para que otros puedan llenarse, morir a lo que somos para que algo nuevo pueda nacer.

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Pero hay algo más en esta historia, algo que a menudo se pasa por alto.

Jesús no solo murió en la cruz. Antes de llegar ahí, instruyó a sus seguidores: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."

Cada día. No una sola vez en un momento dramático de martirio. Cada día.

La cruz que Jesús blazó no era solo para él. Era el símbolo de un camino que todos deben recorrer de alguna manera. No todos serán clavados en madera. Pero todos enfrentarán momentos donde deberán elegir entre aferrarse a lo que tienen y soltarlo por algo mayor. Todos conocerán el huerto de Getsemaní en alguna forma—ese lugar donde lo que queremos choca con lo que se nos pide.

Esto es la vida humana. Cada uno sufre. Cada uno enfrenta pérdidas. Cada uno, no importa cuán feliz sea su existencia, experimenta dolor físico, emocional, mental, espiritual. La brevedad de la vida en el cuerpo es un hecho melancólico que todos compartimos. Nacemos, florecemos brevemente, y morimos.

¿Qué hacemos con esto?

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Una opción es resistir. Aferrarnos. Luchar contra la corriente. Tratar de salvar nuestra vida a toda costa, acumulando seguridades, evitando riesgos, protegiendo lo que tenemos. Esta es la respuesta natural. También es, según las palabras que hemos citado, la manera de perderlo todo.

La otra opción es la cruz. Aceptar que algo en nosotros debe morir para que algo nuevo pueda vivir. Reconocer que el sufrimiento, lejos de ser un error en el diseño, es el fuego que hace posible la transformación. Decir, en nuestros propios huertos de angustia: "No mi voluntad, sino la tuya."

Esto no significa buscar el sufrimiento. No significa glorificar el dolor por el dolor mismo. Significa reconocer que cuando el sufrimiento llega—y siempre llega—puede ser usado. Puede ser el fuego que purifica. Puede ser la presión que forma diamantes. Puede ser la muerte que precede a la resurrección.

Hay una cruz que cada uno carga. No es la de madera y clavos. Es la de nuestra propia humanidad: nuestras limitaciones, nuestros errores, nuestro dualismo interno, la guerra entre lo que queremos ser y lo que somos. Esta es la cruz personal, la que llevamos a nuestro propio Gólgota, la que debemos crucificar para que el resto de nosotros pueda vivir renovado.

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"Toma tu cruz," dijo el maestro. No dijo: evítala. No dijo: quéjate de ella. No dijo: espera que alguien más la cargue por ti. Dijo: tómala. Acéptala. Úsala.

El sufrimiento es el acompañante natural del cambio. Cuando algo nuevo se realiza y se pone en acción dentro del ser, cuando el pensamiento y el comportamiento se transforman, hay dolor. La energía de los viejos patrones debe liberarse para que nuevos patrones puedan formarse. Esto duele. No hay forma de evitarlo.

Pero el dolor con propósito es diferente del dolor sin sentido. El dolor que transforma es diferente del dolor que simplemente destruye. La diferencia está en cómo lo recibimos.

Jesús, en la cruz, no fue víctima pasiva. Fue participante activo en su propia transformación. Eligió estar ahí. Eligió no resistir. Eligió perdonar a quienes lo crucificaban mientras lo hacían. En ese acto de amor extremo—morir amando a quienes lo mataban—demostró algo que las palabras solas nunca podrían comunicar.

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Este es el camino que él blazó: que es posible atravesar el peor sufrimiento imaginable sin dejar de amar. Que la oscuridad más profunda no tiene por qué apagar la luz interior. Que la muerte misma puede ser un acto de entrega, no de derrota.

"Se despojó a sí mismo."

Quizás esta sea la invitación más profunda de la cruz. No el sufrimiento por el sufrimiento. No el martirio como meta. Sino el vaciamiento progresivo de todo lo que no es esencial. Soltar el aferramiento. Dejar de agarrar. Permitir que lo que debe morir, muera.

El grano de trigo que cae en tierra y muere lleva mucho fruto. El que se aferra a su forma de semilla permanece solo.

Hay algo en nosotros que quiere quedarse semilla. Que prefiere la seguridad de la cáscara a la vulnerabilidad del brote. Que dice: "Si es posible, pase de mí esta copa."

Y hay algo más profundo que sabe cuál es la respuesta correcta.

"Hágase tu voluntad."

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La cruz no es el final de la historia. Es el medio. Es el paso necesario entre lo que éramos y lo que estamos llamados a ser. Es la puerta estrecha por la que debemos pasar, no una vez sino cada día, muriendo a lo pequeño para nacer a lo vasto.

El que colgaba de aquella madera sabía algo que sus ejecutores no sabían: que lo que parecía el fin era en realidad el comienzo. Que la tumba no retendría lo que el amor había soltado. Que después del viernes vendría el domingo.

"Aunque estos huesos sean polvo," había dicho, "aun así resucitaré."

Fe pura. Confianza absoluta. No en escapar del sufrimiento, sino en atravesarlo hacia algo que el sufrimiento no puede tocar.

Esta es la promesa implícita en la cruz: que lo que se entrega por amor no se pierde. Que lo que muere en servicio a otros vive de una manera nueva. Que el vaciamiento es, paradójicamente, la forma de llenarse de lo único que permanece.

El amor.

Siempre el amor.